El Carnaval de un municipio se programa casi solo. Hay rúa, hay concurso de disfraces, hay baile y hay chocolatada. Lo que casi nunca se programa son los huecos, y sobre todo los veinte minutos en que el jurado se retira a deliberar mientras doscientas personas disfrazadas esperan de pie a que alguien diga algo por megafonía. Ahí es donde el Carnaval se desinfla, y es el rato más fácil de arreglar.
Es el momento más incómodo de la tarde. Han desfilado todas las comparsas, los niños llevan dos horas con el disfraz puesto, hace frío, y de repente no pasa nada. El jurado se mete en un lado a contar puntos y la plaza se queda esperando sin saber cuánto.
Lo que ocurre entonces es siempre lo mismo: las familias con niños pequeños se van. Y se van justo antes de los premios, que es el acto que habéis preparado con más cariño.
Un pase de magia de veinte minutos en ese hueco cambia la tarde entera. No porque la magia sea mejor que el concurso, sino porque la gente deja de mirar el reloj. El jurado sale a entregar los premios con la plaza llena, que es como tenía que haber sido siempre.
El sobre con el nombre del ganador se puede abrir de dos maneras. Una es la de todos los años. La otra es que el concejal de Fiestas enseñe el sobre vacío a la plaza, lo cierre delante de todo el mundo, y al abrirlo aparezca escrito el nombre de la comparsa que acaba de ganar.
O que los sobres lleven desde el principio colgados de un cordel a la vista de todos, en el centro del escenario, y nadie entienda cómo han llegado ahí los nombres.
Quien entrega el premio sigue siendo él. La foto sigue siendo la suya. Lo que cambia es que esa foto ya no es igual que la del año pasado, y que el ganador se acuerda de cómo le dieron el premio, no solo de que se lo dieron.
El número se monta con vosotros, según quién vaya a subir al escenario y cómo tengáis organizada la entrega. Hay que hablarlo con semanas de antelación, pero se monta.
En muchos municipios el sábado es de los adultos y el domingo, o la tarde del viernes, es de los niños: disfraces en el colegio, pasacalles corto y merienda en el pabellón o en la plaza.
Ese formato aguanta perfectamente un espectáculo de magia de cuarenta minutos, con los niños sentados en el suelo delante y los padres de pie detrás. Y el niño disfrazado de lo que sea acaba subiendo al escenario a sujetar algo, porque un niño con capa es el mejor ayudante que puede tener un mago.
Si tenéis chocolatada, el pase va antes: con las manos pegajosas y el vaso en la mano nadie se sienta a ver nada.
Para el escenario, un espacio de tres por dos metros y sonido. Si el pabellón o la plaza ya tienen equipo para la orquesta, se usa ese. Si no, lo llevamos.
Para la calle y el pasacalles no hace falta nada: ni escenario, ni micro, ni enchufe.
Nos coordinamos con quien lleve el sonido y con quien dirija el acto para que el pase entre y salga en el minuto que os convenga, sin pisar ni el desfile ni los premios.
El Carnaval cae en febrero, pero las fechas de los magos de febrero se ocupan en noviembre y diciembre, a la vez que la Navidad. Si lo dejáis para enero, elegís entre lo que quede.
Con decirnos la fecha, el formato aproximado y dónde sería, os confirmamos disponibilidad y os pasamos propuesta.
¿Estáis cerrando la programación de Carnaval? Decidnos la fecha y los actos y os confirmamos disponibilidad.
Pedir presupuestoSe traslada al pabellón, al centro cívico o donde tengáis previsto el plan B del resto del Carnaval. La magia es de lo poco del programa que cabe en cualquier sitio, así que no suele ser lo que os complica la decisión.
El espectáculo de escenario, entre cuarenta y cincuenta minutos. Para rellenar la deliberación del jurado, lo habitual son pases de veinte minutos, que es lo que dura el hueco. Se ajusta a lo que necesitéis.
Preparamos propuestas adaptadas al acto, al espacio y al presupuesto municipal. Escribidnos y os respondemos en menos de 48 horas.
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